

Antonio López Sáenz nació en Mazatlán en 1936. Su condición de porteño se denota en la voz amable, en la extraña nostalgia plasmada en sus obras, y también en esa molesta sensación de incomodidad ante el frío que suelen sentir los que se han nutrido al calor del trópico.
Artista reconocido a nivel internacional, egresó en 1958 de la Academia San Carlos. Durante la década siguiente se dedicó a la creación de piezas de cerámica, objetos artísticos como joyas, artículos con varios materiales y diversos motivos. “Provengo del abstraccionismo –dice López Sáenz- y he recorrido muchos caminos, aún de vanguardias”. Estas experiencias están presentes en su trabajo, donde las pinceladas revelan un sello único. Así, los personajes se ubican en escenarios que parecieran poco compatibles con la realidad, pero en los cuadros nacidos de su pincel multicolor alcanzan una armonía de tonalidades y líneas tan limpia y pródiga como llamativa.
No obstante su humildad espontánea, López Sáenz revela el orgullo que le produce el ser testigo del crecimiento de las artes plásticas en Sinaloa. Dice sentirse honrado, satisfecho y feliz por el Premio que lleva su nombre, y destaca las características elevadas a las que está llegando el arte joven del Estado. “Mi educación visual percibe que dentro de poco estas manifestaciones serán expresión de una plástica sinaloense”, señala en alusión a una idea a la que se ha referido con frecuencia, lo que se podría llamar “Escuela Sinaloense de Pintura”. Y sus ojos no hacen sino reconfirmar esa postura de constante espectador, del hombre que observa y saca a relucir una nueva forma de mirar al mundo.