

Desde siempre los sinaloenses han manifestado un franco gusto por la música y las celebraciones en general. Hay quienes aseguran que tal espíritu festivo es producto de la autoridad espiritual que ejercen: desde sus costas el océano Pacífico, la cercanía con el Trópico de Cáncer, los torrentes de agua dulce proporcionados por los once ríos que fluyen por su territorio, la tierra fértil y el encendido verdor del follaje.
El puerto de Mazatlán era, a finales del siglo XIX, una ciudad en bonanza. Diversas casas comerciales operaban desde este puerto hacia buena parte del territorio nacional. En los aparadores de una de esas negociaciones, la Casa Melchers, dirigida por un grupo de alemanes avecindados en el puerto, fueron puestos en exhibición algunos instrumentos musicales traídos desde Alemania. Tubas, clarinetes y trompetas fueron adquiridos por los músicos locales quienes más pronto que tarde los incorporaron a sus grupos filarmónicos.
A estos instrumentos le fueron agregados un conjunto de percusiones: un juego de platillos, un pequeño tambor de sonido vibrante conocido como “tarola” y una “tambora”, instrumento que dio nombre al nuevo tipo de agrupación musical, consistente en un tambor de grandes dimensiones, propio para la conducción rítmica de las melodías.
Las bucólicas y bravías canciones inspiración de los viejos trovadores sinaloenses –ahora anónimos– fueron adaptadas a estos instrumentos, adquiriendo fuerza y profundidad. Había nacido la Tambora Sinaloense; el impacto sobre la población fue tal que, según se puede constatar en una crónica periodística de la época, en 1898, después de una prolongada audición en la plaza principal del puerto, la multitud furiosa dio persecución a unos agotados músicos del poblado El Recodo que se negaban a continuar interpretando sus canciones.
La tambora, como forma de agrupación musical, se extendió por el territorio sinaloense, aunque tuvo mayor arraigo en la zona sur del estado.
Durante mucho tiempo las bandas más prestigiadas fueron La Costeña, de Ramón López Alvarado, y El Recodo, de Cruz Lizárraga, ambas originarias del municipio de Mazatlán. Artistas mexicanos como Luis Pérez Meza, Lola Beltrán, Juan Gabriel y el mítico José Alfredo Jiménez grabaron producciones discográficas con ellos.
“El sauce y la Palma”, “El niño perdido”, “El sinaloense”, “Las Isabeles”, “El toro mambo”, son algunas de las canciones del repertorio clásico más solicitadas aun hoy en día, cuando muchos músicos sinaloenses han optado por la tecnologizar sus instrumentos y hacer de la tuba un símil elaborado con un bajo eléctrico, la batería sustituye a la tarola, al platillero y a la tambora; en algunos casos un buen equipo de sintetizadores reemplaza la sección de vientos.
El éxito de las tamboras y las tecnobandas ha alcanzado niveles internacionales. Estas agrupaciones musicales lograron impulsar un nuevo estilo de baile popular, "el baile de caballito" o "la quebradita" que constituye un hito urbano en la población mexicana tanto dentro del teritorio nacional como entre los connacionales residentes en los Estados Unidos de América.
No obstante la proliferación de este tipo de bandas –conocidas como tecnobandas—sobreviven todavía los grupos de músicos tradicionales. Aun con su éxito en el país y en el extranjero, la banda de El Recodo se ha negado a utilizar la tecnología en sus instrumentos, a no ser los imprescindibles micrófonos y amplificadores necesarios para una mejor recepción de sus cada vez más numerosos seguidores, la creación de un repertorio tendiente a las modernas corrientes musicales y la inclusión de un vocalista.
Aunque quizá con menos frecuencia, la tambora tradicional continúa presente en eventos de toda naturaleza: bautizos, bodas, cumpleaños, reencuentro de viejos amigos y hasta en los funerales, una costumbre un tanto extraña a los ojos de algunos visitantes extranjeros, por cierto.
La música de la tambora es parte fundamental de la vida de los carnavales de Mazatlán. El himno de estas fiestas "Los papaquis" es imprescindible en todos los eventos que constituyen el programa de carnestolendas.
Los sonidos de la banda tradicional sinaloense perduran de generación en generación, forman parte de una herencia familiar ininterrumpida en la que el clarinete del padre pasa a las manos del hijo lo mismo que su sitio en la banda.
En cada pueblo de Sinaloa subsiste al menos un conjunto de tambora, sujetos al anonimato, recorriendo las cantinas del lugar, buscando ferias y carreras de caballos, atendiendo las solicitudes para tocar en fiestas y serenatas, manteniendo vivo el inventario musical colectivo, la colección de las más viejas canciones de Sinaloa.