Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán

13.01.2018 Cultura Mazatlán
Leopoldo Reyes Ruiz

Leopoldo Reyes Ruiz (Pepegrillo)

Carnavalero “tradicionalista”

 

A los 37 años, Reyes Ruiz tuvo, por primera vez, la oportunidad de dirigir la organización del carnaval, en 1956. Sin duda, ese carnaval fue todo un éxito. Marcó el inicio de una nueva época para las festividades mazatlecas, que habían entrado en un bache de poco más de diez años (luego de la tragedia del lunes de carnaval de 1944, cuando durante el baile oficial de carnestolendas fue asesinado el Gobernador del Estado Coronel Rodolfo T. Loaiza). 

Para revivir la pomposidad de las fiestas, Reyes Ruiz recurrió a la historia y, quizás de manera improvisada pero certera, al uso de los medios como herramienta de mercadotecnia. En el principal diario de la época, El Sol del Pacífico, el entonces Director de Carnaval creó una columna periodística para promover el festejo; con anticipación, desde ese foro periodístico fue tejiendo un ambiente de expectación adecuado para despertar interés en la población sobre las actividades organizativas del carnaval. En este renglón publicitario, el golpe maestro en 1956 fue revivir la historia de la primera soberana carnavalera y encarnar su mito, con la presencia de Winnie Farmer en pleno jolgorio.

También fue importante el que la organización del carnaval se distinguiera de las que le antecedieron. El Ing. Reyes Ruiz y sus colaboradores estaban incubando un nuevo orden organizativo, más acorde con los reclamos sociales de atención profesional a todas las actividades, incluidas las recreativas como el carnaval. Otro ejemplo de nuevos enfoques del pasado, en provecho del relanzamiento del carnaval por sus fueros, lo constituyó la participación de las reinas en otras actividades de interés comunitario, si antes “liberaban” reos, ahora inaugurarían obras públicas, como el caso de la apertura y pavimentación de un tramo del Paseo Claussen.

El carnaval empezó a recuperar, bajo el influjo de nuevas formas de promoción y organización, su rol central en el ánimo popular. Fue tal la fuerza de la resurrección que en pleno carnaval de 1957 se suscitó la primera disputa, una verdadera guerra mercantil, entre las principales empresas del ramo en la localidad, por un insólito crecimiento del mercado de consumidores de cerveza en esas fechas. Luego de esos dos años, Pepegrillo dejó la conducción de la fiesta. Volvió en 1961 y organizó cinco carnavales seguidos. En ese periodo (1961-1965), se acentuó entonces el carácter renovador que se le habían impreso a los de 1956 y 1957. Se abrieron oficinas permanentes para la organización de la fiesta, cosa que antes no existía; se montaron talleres para la construcción de carros alegóricos y adornos callejeros; con lo cual se dio lugar a la profesionalización como fenómeno innovador en los carnavales mazatlecos.

Los desfiles de carnaval dejaron de ser la suma de carros improvisados con fines de propaganda comercial (de películas y negocios varios), presididos por la carroza real (y la de los juegos florales –cuando la reina no era la misma que la del carnaval-) y el carro o los carros de las embajadoras. La aspiración a uniformar el estilo de las alegorías rodantes se llevó al extremo de darle un nombre temático a todo el conjunto, los temas de carnaval.

En materia económica las fiestas siguieron dependiendo de los apoyos gubernamentales, el Ing. Reyes Ruiz siempre alegó que los ayuntamientos de su tiempo no financiaron “sus carnavales”; pero, admitía que se recurría al gobierno del estado para el patrocinio. Adicionalmente, las reinas aportaban su parte, como casi siempre, a través de votos económicos (centavo por voto). La excepción en el caso fueron las campañas del corcholatazo, que fueron un estupendo golpe mediático y mercadotécnico, tanto para la compañía embotelladora, como para el patronato de carnaval, pues logró involucrar de nuevo a la población en la disputa por la corona carnavalera; pero que, igual, les significaron una erogación a las familias y los seguidores de las aspirantes. Por supuesto, también algo representaban para la economía de la fiesta los cobros en los actos de las coronaciones, impuesto desde 1924, cuando dejaron de ser gratuitas. Había otros mecanismos para la obtención de fondos, que se registraban como donaciones no como patrocinios. Con eso bastaba y a veces sobraba.

Así pues, a Reyes Ruiz se debe una exitosa adecuación de los carnavales mazatlecos a las condiciones de su tiempo. Propuso y consiguió introducir innovaciones importantes que cambiaron la forma de organizar y celebrar el carnaval de Mazatlán. Lo renovó y con ello lo colocó otra vez en el centro de la vida mazatleca. Desde los carnavales de 1956, 1957, 1961 a 1965 (los que él mismo bautizó como los “Carnavales de Pepegrillo”), los carnavales de Mazatlán se modernizaron. No faltó luego quienes pensaran en darles un uso más efectivo y específico como producto turístico.

Seguramente, a despecho de él mismo y de sus afanes memoriosos por equiparar “los suyos” con los de “antes”, con Reyes Ruiz se acabaron los que él llamaba “tradicionales” y empezó a forjarse el estilo que cristalizaría en lo que, con un dejo de desprecio, él llamó “los codeturales”. Totalmente alejado de la organización de los carnavales, bajo la calidad de cronista, a finales del siglo pasado, el Ing. Reyes Ruiz quiso encabezar una épica cruzada a favor de lo que él llamó los “carnavales tradicionales”. De manera persistente y en forma intransigente, insistía una y otra vez en el tema, como una sublime obsesión. Sólo sus crónicas sobre hechos y personajes de la historia del Club Rotario, interrumpían su indeclinable insistencia en los idílicos “carnavales tradicionales”, cuya pérdida deploraba y por cuya restauración clamaba. El quería recordar sus carnavales como fiestas familiares y hasta la “guerra de la cerveza” de su tiempo intentó explicarla como anécdota de “bohemia” y no aceptaba la comparan como las “borracheras” actuales. Hasta llegó a recordar con nostalgia el uso de la Plazuela República como área carnavalera, cuando una de las grandes batallas del primer obispo porteño, Don Miguel García Franco, fue acabar con la “cantina” en la que se convertía la plaza frente a Catedral.

Cuando ya entraba en los ochenta años de vida, Reyes Ruiz se esforzó por forjarse una imagen pública como “carnavalero ajeno a los excesos y derroches”. De esa manera quiso ser recordado, de ahí su batalla final por una “tradición” que él mismo ayudó a sepultar gracias a las innovaciones modernizadoras que promovió para la fiesta. Murió el 18 de abril de 2006.

 
 
Texto a buscar:
Festival:
 
Ir..
 


Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán