Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán

13.01.2018 Cultura Mazatlán
José Soto

José Soto

Empresario, promotor deportivo, creador de los Paseos a la Isla de “Soto”

 

José Soto no sólo fue un empresario exitoso, cuya contribución a la modernización de los servicios portuarios quedó asentada en las memorias mazatlecas del Ing. Joaquín Sánchez Hidalgo Villalobos, quien en su “Mazatlán de antaño” refiere cómo  a finales del siglo XIX, Soto “estableció una flotilla de lanchas a motor de gasolina” con las cuales se sustituyeron los “botecillos y canoas, manejados a remo”, que servían para hacer el transporte de pasajeros en el antiguo puerto, entre el muelle y los barcos, servicio que resultaba peligroso, sobre todo en momentos de marejadas.

Este hombre de empresa fue también un activo promotor deportivo, según cuenta el mismo Sánchez Hidalgo. A él se debió la construcción de un Velódromo “en los terrenos de la Loma Montuosa”, para la práctica dominical de carreras de bicicletas, en diferentes categorías y distancias. “El Velódromo… tenía tribunas cubiertas y su pista [estaba] debidamente acondicionada y se otorgaban premios a los vencedores”.

Otro dato relevante de este naviero local, aportado por Sánchez Hidalgo,  en el ámbito deportivo, fue su contribución para formar –con varios ciudadanos norteamericanos residentes en la ciudad–  el primer club para “fomentar el Rey de los deportes”, que se llamó “Asociación Occidental de Basse Ball”. Gracias a este club se formaron los primeros equipos mazatlecos y se realizaron los primeros encuentros de pelota, también en los terrenos del Velódromo, todo esto hacia finales del siglo XIX.

En la revista Álbum del Recuerdo de Chale Salazar, el periodista de la nostalgia mazatleca, en relación con el nacimiento de la práctica del Básquetbol en la ciudad, anotó: “por ahí andaban unos muchachos tirando balón donde podían, pero Don José Soto, que había creado los paseos a la isla del mismo nombre, instaló una canasta en uno de los tableros y, domingo a domingo, organizó encuentros entre los más destacados atletas”.

Los paseos a las islas de la Piedra, Belvedere y San Balandrán deben haber sido una tradición local antigua y paulatinamente se les vio como una oportunidad de negocio rentable. Ya en 1891, las crónicas periodísticas narran el festejo memorable de inauguración de una finca campestre en la Isla de Belvedere de Contracosta. Sin embargo, la memoria colectiva guarda con especial calidez, los recuerdos de los Paseos que organizara José Soto como empresa, una vez que consiguió la isla en usufructo. Cientos de anécdotas se tejen alrededor del sitio. Montones de fotos se conservan en los álbumes familiares, en las que se capturó la estancia de algún ancestro en el paradisíaco lugar “de Soto”.

En los periódicos de los años veinte del siglo pasado se pueden localizar los anuncios que Soto insertaba para promover su negocio. En ellos se les difundía como “paseo para familias, preferido por la gente de buen gusto”. Su publicidad resaltaba, con especial énfasis, la “moralidad” como valor primordial de la excursión y, claro, la “exclusividad del servicio de lanchas grandes y cómodas de gasolina”; igualmente, se incluía el menú de la casa, muy propio para la ocasión, compuesto por “sandwiches, tamales, nieve, refrescos y cerveza helada de barril”; además, como colofón, se ofrecía en el lugar “un magnífico templete para baile”.

Durante mucho tiempo, esos paseos fueron, sin duda, una de las actividades recreativas favoritas de los porteños. Incluso, en los programas de atención a los visitantes distinguidos a la ciudad, era casi ritual el ofrecerles un banquete en la isla de Soto como culminación del programa formal u oficial de su visita. 

 
 
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