Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán

13.01.2018 Cultura Mazatlán
Alfonso Tirado

Alfonso Tirado

Empresario y político.

 

            Las dos caras de la política: la de la búsqueda de la justicia social, del bien común y la de la guerra están presentes en la historia de vida de Alfonso “Poncho” Tirado. Este personaje, crucial en el Mazatlán de los años treinta del siglo pasado, por un lado personifica localmente al prototipo del político en ascenso, con gran carisma, que despierta la esperanza de bienestar en un sector representativo de la población, exitoso en la contienda pacífica, en la lucha por los votos; por el otro, representa la fuerza de una de las partes en una disputa en la que terminó imperando la violencia.

La comunidad nacional todavía vivía bajo la convicción de que las cosas se “arreglaban” mejor a balazos. La revolución había dejado esa “enseñanza” y sus procedimientos prácticos se aplicaban a la menor provocación. Aquí no fue la excepción. El conflicto que generó el reparto agrario en el sur de Sinaloa se volvió un fenómeno demencial, una cadena de asesinatos, de celadas y enfrentamientos que al final de cuentas convirtieron a la muerte del otro en un fin en si mismo, opacando cualquier interés legítimo de los que motivaron inicialmente el desacuerdo sobre el que se montó la guerra. El asesinato de Alfonso “Poncho” Tirado fue una desgraciada pieza de esa “estrategia” bélica.

 Poncho Tirado era ranchero, nacido en la Palma Sola en 1902, pero había sido educado en las mejores instituciones, en nivel básico, de su tiempo en Mazatlán (en la escuela del Profesor Felipe Valle), y profesionalmente, como Contador Comercial, en Guadalajara. También, vivió un tiempo en San Francisco, Cal., para perfeccionar su inglés. En sus años estudiantiles, de acuerdo con el “Album del Recuerdo” de Chale Salazar, se destacó como uno de los promotores de los primeros partidos de futbol en nuestro puerto, que llamaron la atención de un público inusitado, en un pueblo beisbolero de corazón.

A partir de 1923 se hizo cargo de los negocios familiares, algunas “vinatas” (extensiones sembradas de agave, complementadas con manufactura de mezcal y derivados), así como de un ingenio azucarero ubicado en El Guayabo. Tirado rápidamente se convirtió en el joven líder de la oposición del sur de Sinaloa y de Mazatlán, en particular, a las políticas gubernamentales federales y estatales que imponían la expropiación de predios y su reparto como fórmula de legitimación de las nuevas autoridades. Él escogió como vía de su actuación, para representar mejor su causa, la electoral; contra lo que sucedía en su entorno, en el que la alternativa era el levantamiento armado.

La elección para Presidente Municipal y regidores en la que participó en 1932 estuvo plagada de incidentes. En el marco de la confrontación entre los promotores del agrarismo y los propietarios de las tierras, Poncho Tirado logró derrotar a su contrincante Jesús I. Escovar. Hubo un claro intento de fraude electoral en su contra, gracias al que, en primera instancia, Escovar le ganaba con poco más de mil votos; pero, logró revertir ese resultado mediante acciones jurídicas y políticas idóneas y oportunas, consiguiendo que se anularan las votaciones en donde se habían alterado las actas. La calificación de la elección llegó hasta la última instancia entonces, el Congreso del Estado. La habilidad política de Tirado se impuso y salió airoso por más de dos mil seiscientos votos.

Gobernó Mazatlán durante el bienio 1933-1934 con mano ejemplar, según sus biógrafos. Además, se le tiene como caso singular de ejercicio del poder con un estilo muy alejado del patrimonialismo tradicional. Las referencias coinciden, por ejemplo, en que al menos parte de su sueldo como Presidente Municipal lo destinó para apoyar al Hospital San Vicente, para indigentes, al Asilo de Ancianos y al Orfanatorio; así como que nunca hizo uso de recursos públicos para cubrir sus gastos personales, ni siquiera para la gasolina de su automóvil, dicen.

Bajo cualquier circunstancia, Poncho Tirado se convirtió en un candidato natural para otros cargos; sin embargo, sus rivales no le iban a facilitar el camino. En cada elección a diputado local o federal, a senador, a gobernador, Poncho sonaba. Todo indica que Tirado aspiró en algunos casos, que esperaba el momento propicio; pero no obtuvo la oportunidad, sobre todo porque al parecer siempre buscó los apoyos a la manera tradicional, dentro de los cánones que imperaban, en una circunstancia poco propicia para las causas que enarbolaba. Sin embargo, insistía por la vía institucional, en medio de un creciente ambiente de violencia y de un profundo desgaste de sus promotores ante la opinión pública. Su insistencia y su presencia en el escenario político, el que sonara y que buscara respaldos entre los grupos gobernantes a nivel nacional y local, seguramente inquietaban a sus rivales.

Por otro lado, las fuerzas privadas que lo apoyaban seguían apostando a la resistencia armada para evitar lo que imaginaban podría significar su aniquilación práctica; pero, mantenían la vela prendida a favor de su gallo, porque lo veían con espolones para salvarles el honor y, porque no, lograr resguardarles una porción significativa de sus intereses.

Su asesinato, el 10 de junio de 1938, resultó un golpe fatal para el clima político en Mazatlán y del sur de Sinaloa. Como en muchos crímenes en este país, el de Tirado quedó finalmente impune. El autor material salió libre por decisión judicial que determinó que había actuado en defensa propia. Los rumores sobre los presuntos autores intelectuales fueron acallados desde las alturas del poder político.

Las balas de “la Onza” Leyzaola, su ejecutor, también abatieron la posibilidad de un rumbo distinto, de diálogo y negociación, para el mayor conflicto regional vivido en el Sur de Sinaloa en la historia en el siglo XX. La guerra sorda se prolongó aquí seis años. Despojados de cualquier otra alternativa,  “los del monte” terminaron por precipitarse en el abismo de la Ley del Talión. Por supuesto la ejecución de “la Onza”, años después, sólo puede considerarse como un engrane más de esa “lógica” criminal desatada.

Cuando la desesperación de “los dorados”, en franca derrota, detonó el magnicidio de Loaiza, el más connotado de sus adversarios locales, finalmente cayó el telón para cerrar un largo, pero sobre todo muy amargo, sangriento episodio de despojos y revanchas, que en nombre de la justicia social se impuso aquí durante tres lustros.

 
 
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