Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán

13.01.2018 Cultura Mazatlán
José Gonzalo Escobar

José Gonzalo Escobar

General revolucionario, líder de la rebelión “renovadora” de 1929.

 

Enrique Vega Ayala

Cronista Oficial de Mazatlán

 

José Gonzalo Escobar fue uno de los generales revolucionarios que mayor poder acumuló tras su participación en la lucha armada. Así lo demuestra su calidad de líder indiscutible de la llamada “revolución renovadora” de 1929, conocida también como “la rebelión escobarista”. Esa fue la revuelta militar más peligrosa para el régimen revolucionario, de cuantas estallaron tras la conclusión formal de la guerra civil. Además, según los especialistas, este intento de golpe de estado acarreó el mayor costo económico y  político al Estado Mexicano, por los gastos implicados en las reparaciones de los daños ocasionados y por haberse presentado justo en los momentos del embate inicial en México de la gran depresión financiera mundial.

Escobar nació en Mazatlán en 1892. Su hoja de servicios militares indica que a los 21 años, en 1913, realizó su primera participación en la revolución, al lado de los constitucionalistas. Su carrera en la milicia se desarrolló dentro de la División del Noroeste, a cargo del General Álvaro Obregón. En esa confrontación, bajo las órdenes directas del General Ramón F. Iturbe, y ya con el grado de Coronel, su participación más divulgada, se dio en 1916 durante la persecución de las tropas villistas en Sinaloa, que culminó con la captura de los Generales Juan Banderas, Felipe Bachomo y Román Yocupicio, según lo escrito por Héctor R. Olea en su libro “La Revolución en Sinaloa”.

Durante años se distinguió por su lealtad y eficacia en el cumplimiento de las órdenes dictadas por los generales sonorenses Obregón y Calles. Gracias a ello, logró escalar hasta obtener el grado de General de Brigada. La confianza ganada propició que en los gobiernos de ambos sonorenses se le encomendaran labores militares relevantes para sofocar diversos intentos de rebeliones: como la del General Francisco Murguía en 1922, la de Adolfo de la Huerta en 1924 y la encabezada por  Arnulfo R. Gómez en 1927. Institucionalmente se desempeñó como Jefe de Operaciones Militares en diversas zonas y entidades del país, dentro de la Secretaría de Guerra.

“La revolución renovadora” de Escobar.

El asesinato del General Obregón ocasionó una crisis muy severa al interior del grupo hegemónico entre las facciones revolucionarias. En las Memorias del Gral. Antonio I. Villarreal sobre su participación en la rebelión escobarista de marzo de 1929, quedó anotado el siguiente comentario: “La desaparición del Presidente electo… provocó un desquiciamiento paroxismal… Arreciaron las acusaciones directas e indirectas… ingeniosas y hasta inverosímiles. Los obregonistas ortodoxos, que, hasta el momento de la trágica muerte de su jefe, eran considerados como dueños indiscutibles de un sexenio gubernamental que en breve se inauguraría, no contenían su indignación exasperada y vibrante. Justificada o injustificadamente, hicieron objeto de su enojo, a sus aliados remisos de ayer, los hombres del Gobierno, que, se colegía, seguirían detentando aquello que los obregonistas reputaban como suyo cuando menos por derecho hereditario. El cisma se produjo inevitablemente.”

El General Plutarco Elías Calles planteó ante la nación un proyecto según el cual se debía inaugurar la era de las instituciones revolucionarias, por encima de las personalidades (en particular de los generales triunfadores). Pero, justo un día antes de la fecha en que se fundó el Partido Nacional Revolucionario, símbolo de la unidad nacional de todos los grupos involucrados en el movimiento reivindicador de 1910-1917, de acuerdo con la propuesta de Elías Calles; el 3 de marzo de 1929, en Sonora (más simbólico no podía ser) se proclamó el Plan de Hermosillo, por medio del cual un grupo muy numeroso de militares se pronunciaron contra de lo que ellos suponían eran las verdaderas intensiones del nuevo caudillo: “Plutarco Elías Calles, el judío de la Revolución Mexicana, pretende hoy continuar a toda costa en el solio de los Césares, quiere seguir imponiendo el capricho de su voluntad sobre la Ley, sobre las instituciones y sobre la voluntad suprema del Pueblo, y para ello inventando cada día nuevas máscaras, nuevas comedias y mistificaciones nuevas, ha soñado con la posibilidad de burlar una vez más el sentir y el querer del Pueblo, imponiendo en la Presidencia de la República, por la fuerza de las bayonetas y del crimen, a uno de sus títeres, a uno de sus instrumentos, a uno de los miembros de su farándula, y para realizar fielmente este propósito la máquina del imposicionismo se halla en plena actividad: consignas a los Gobernadores, órdenes categóricas a los jefes militares, amenazas, coacciones, ceses o desafueros, para quienes no se inclinan ante la consigna; persecuciones, atentados, calumnias y crímenes contra los ciudadanos conscientes y dignos en el ejercicio de sus derechos; cohechos, sobornos, dádivas, prebendas, canonjías para todos los que inclinan servilmente la cabeza ante el gesto del César; comedias, farsas de democracia para engañara los incautos y engañarse así mismo y en el fondo de este cuadro denigrante, en la penumbra de este horizonte sombrío, Plutarco Elías Calles, el gran impostor, inspirándolo y dirigiéndolo todo, los Poderes Públicos, la Administración, la política y la farándula”.

El Plan de Hermosillo desconocía a las autoridades federales y estatales que no apoyaran el movimiento e invitaban “al Pueblo Mexicano para que secunde esta protesta armada como única forma de amputar los fatídicos males que agobian a nuestra Patria”.  Antes de iniciar la rebelión, Escobar había tejido apoyos militares en casi la mitad del país: Durango, Nuevo León, Chihuahua, Sonora, Sinaloa, Baja California Sur, Nayarit, Zacatecas, Jalisco, Oaxaca y Veracruz, además de Coahuila donde él se desempeñaba como Jefe de Zona. El Presidente Interino de la República, Emilio Portes Gil y el General Plutarco Elías Calles, quien asumió el mando del ejército, estimaron en declaraciones públicas que, al abrirse las hostilidades, "casi 30.000 hombres bien equipados… 22 batallones, una compañía regional fija y 21 regimientos”, habían desconocido al gobierno y estaban bajo el mando de Escobar, según cita Donald J. Mabry en sus Historical Text Archive.

El movimiento escobarista, a pesar de la fuerza militar que concentró, fue derrotado en poco más de mes y medio. “El 27 de abril había desaparecido el General Escobar, cruzando la línea divisoria. Todo estaba perdido. La rebelión definitivamente aplastada”, puntualiza Villarreal.

La versión oficial convirtió ese intento de golpe de estado en producto de la ambición personal de Escobar de llegar a la Presidencia de la República. Además buscó desacreditarlo por todos los medios, para eliminar cualquier pretensión posterior de reconocerle carácter profético a la denuncia del maximato que anticipó con crudeza. Por ello, desde el gobierno, se hizo énfasis en que el militar mazatleco y sus allegados se habían enriquecido con enormes cantidades de dinero saqueados a las instituciones bancarias en las ciudades por donde pasó la rebelión. El General Villarreal intentó desmentir esa acusación al señalarse como responsable del manejo de los recursos obtenidos y al cuantificarlos. Entre otras afirmaciones, al respecto indica: “De la sucursal del Banco de México en Monterrey se tomaron otros ochocientos mil pesos, poco más o menos, que, sumados a los fondos recogidos en Torreón arrojan un total de un millón seiscientos mil pesos, cantidad que se destinaba a cubrir los haberes y solventar los crecidos gastos que exigía la campaña… La delahuertista dispuso de un tesoro cinco veces mayor, cuando menos, que esta última encabezada por Escobar”.

Otra de las situaciones usadas para demeritar a “la revolución renovadora”, en la propaganda oficialista sobre esta historia”, fue la presunta alianza que buscó infructuosamente Escobar con el clero católico mexicano para sumar a los cristeros a su causa. La prueba de tal aseveración la constituye el decreto emitido por el militar porteño, en el transcurso de su breve levantamiento, revocando las leyes que regulaban el culto religioso, detonantes de la llamada “guerra cristera”. Por ello no resulta extraño encontrar en un texto escrito muchos años después, “El Sitio”, de Daniel Osuna Urías, al narra el acoso de Mazatlán por las tropas “renovadoras”, como parte de “los decires y las consejas” divulgados esos días en el puerto, la versión de “una partida de guerrilleros [que] invadió la Isla de la Piedra… hasta el islote de Los Chivos…  [formada por] irredentos cristeros encabezados por un cura que tenía fama de ser un sanguinario matón”.  

El sitio de Mazatlán.

El 5 de marzo de 1929,  a las seis de la tarde, se reunió de emergencia el Cabildo de Mazatlán. Su presidente Teodoro Lemmen Meyer rindió un informe preocupante: “de un momento a otro las fuerzas federales abandonarán la población”. Entre los mazatlecos, a la mañana siguiente “saltó la noticia: ¡Estamos sitiados! Estamos sitiados, repetíamos los pequeñines [cuenta Daniel Osuna], sin saber a ciencia cierta en qué consistía eso de estar sitiados. Poco después, comenzamos a sentir y a saber en que consistía, ya que la primera estrategia diabólica que los renovadores usaron contra nosotros, fue cortarnos el suministro de agua potable…”  Un mes duró ese asedio y como en otras ocasiones, la población fue la que sufrió los estragos: temor, hambre y sed.

Desde la perspectiva militar, Villarreal ofrece detalles de lo acontecido aquí: “De los informes recogidos acerca de la campaña del Noroeste en 1929, puedo afirmar que el general Ramón F. Iturbe, tuvo una comprensión clara y precisa de las exigencias del momento. Desde el comienzo de la lucha alentó un incontenible afán de avanzar rápidamente hacia el sur para posesionarse de Mazatlán por sorpresa y coger desprevenido el occidente. Agregado al movimiento sin más fuerzas que su prestigio y entusiasmo, ocupó su puesto en la extrema vanguardia de la columna que marchaba sobre Culiacán. Con un puñado de hombres, conducidos precipitadamente en automóviles, tomó esa plaza y pidió refuerzos con urgencia para desencadenarse impetuoso sobre Mazatlán, antes de que, liberadas del pánico las huestes gobiernistas que se retiraban en desorden, pensaran en ofrecer resistencia. El general Iturbe, sin embargo, recibió órdenes terminantes de suspender la ofensiva hasta que, reorganizada técnicamente la columna, pudiera desfilar en correcto orden militar. Amonestado, quedose quieto frente a Mazatlán. Transcurrieron los días, se llevaron a cabo todo género de preparativos para el ataque formal; pero reforzado el enemigo, bien atrincherado, reanimado el espíritu, pudo rechazar victoriosamente a los asaltantes”.

Concluye la narración de Villarreal sobre el sitio a nuestro puerto: “Ignoro los motivos por qué no se avanzó violentamente sobre Mazatlán, donde el general Jaime Carrillo, Jefe de las Operaciones de Sinaloa, tuvo tiempo para reconcentrar sus elementos, atrincherarse, recibir refuerzos y salvar esa plaza definitivamente… Justo es confesar que el general Jaime Carrillo, Jefe de las Operaciones Militares en Sinaloa, supo conducirse con acierto y bizarría en la defensa del puerto de Mazatlán, causando irreparables daños a nuestra causa… De la batalla de Mazatlán informaba su defensor, el general Carrillo, que los rebeldes habían atacado a descubierto sufriendo el mortífero fuego de las ametralladoras. Fue una verdadera matanza, decía el general Carrillo en el mensaje oficial”.

La personalidad de Escobar.

La personalidad del líder del movimiento renovador, es descrita por su correligionario Villarreal en los siguientes términos: “A Escobar no le faltaron alientos y pujanza. Muy otras sus taras. Impetuoso, acometido, un tanto ególatra y demasiado presuntuoso, cuanto ejecutaban los demás le parecía mal y era tal su desbordamiento de energía y suficiencia que en el afán de dirigirlo y organizarlo todo, aplastaba la iniciativa de sus colaboradores y en cierto modo producía su inacción. Quería abarcarlo todo: no se preocupaba porque las labores se distribuyeran adecuadamente ni consideraba capaz a persona alguna de llevar a cabo cualquier comisión de importancia: él lo había de hacer todo. Si se trataba de asuntos políticos o diplomáticos, allí estaba él, si de movilización de trenes militares, él atendería hasta el más mínimo detalle; embarcaría personalmente la caballada; cuidaría de los forrajes; buscaría provisiones, construiría trincheras; despacharía el servicio telegráfico, etc. etc. Pasma considerar la multiplicidad de funciones que desempeñaba y su formidable resistencia. Encargado del Poder Ejecutivo y General en Jefe del Ejército Renovador; Jefe del los Departamentos de Hacienda y Guerra; Proveedor General y Preboste; Gobernador y Presidente Municipal; Jefe de trenes y jefe de patio; Divisionario y sargento; legislador, periodista y orador. Estaba en todas partes, se agitaba vertiginosamente; volaba. Pocos hombres del dinamismo y acometividad de Escobar. Se prodigaba hasta el aniquilamiento; agotaba febrilmente su opulento caudal de energías”.

Al ser derrotado su levantamiento armado, José Gonzalo Escobar, salió del país, como queda dicho.  Se exilió en Canadá y regresó al país en 1943. El General Ávila Camacho le reconoció a Escobar el grado militare que ostentaba al huir. En 1952 fue ascendido a General de División y fue electo Primer Vicepresidente del Consejo Supremo de la Asociación Política y Social Revolucionaria. Murió en la Ciudad de México en 1969.

 
 
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