Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán

13.01.2018 Cultura Mazatlán
GENERAL JUAN CARRASCO AGUIRRE.

GENERAL JUAN CARRASCO AGUIRRE.

Símbolo revolucionario mazatleco.

Enrique Vega Ayala

Cronista oficial de Mazatlán.

 

Sin duda, Carrasco es el personaje más representativo de la revolución en Mazatlán, con el que se identifica la región en la contienda, a pesar de que hubo otros participantes locales con mayor presencia estatal y nacional, oriundos o vecinos del municipio. Su origen campesino, su orfandad, su analfabetismo, su adscripción social a la clase trabajadora –según su último empleo conocido, en una mina de cal, antes de sumarse a las tropas insurrectas–, su carisma, su fidelidad a las causas que abrazó y su valor, enaltecido por su sino trágico en lucha contra el autoritarismo obregonista, lo colocaron en el sitial de honor entre los bronces locales (al grado de ser el único revolucionario a quien se le ha homenajeado aquí con un busto de ese material; que estuvo ubicado inicialmente en una confluencia urbana con una de las más altas circulaciones urbanas).

Herberto Sinagawa, en su libro Sinaloa, Historia y Destino, ofrece una excelente síntesis biográfica de Carrasco, en la que recoge casi todos los elementos que configuran el perfil legendario del general mazatleco: “Nació en Puerta de Canoas... Tenía 8 años cuando fue enviado a estudiar a Mazatlán, tres meses después regreso al rancho El Potrero, ya que su padre había muerto. Ya no regresó a la escuela. Según sus biógrafos no sabía leer ni escribir. Se dedicó a trabajar y a vender cal para mantener a su familia. En 1910 se le conocía, al inicio de la Revolución, con el apodo de El Calero. Se alistó en las fuerzas de Justo Tirado. En 1913, al caer Madero, se lanzó de nuevo a la lucha. Al principio su labor guerrillera estaba enfocada a cortar comunicaciones e impedir el tráfico de trenes con tropas federales. El 9 de septiembre de 1913 tomó la plaza de Quilá y después combatió en El Habal y El Venadillo. El general huertista Alberto T. Rasgado, al frente de mil quinientos hombres, lo persiguió, registrándose combates, entre las tropas federales y las de Carrasco, en las bombas de agua de Siqueros, El Conchi, Villa Unión, El Quelite, entre otros”.

“En El Conchi derrotó a una columna federal compuesta por el 2° Batallón de Zapadores y una fracción del 8° Batallón, arrebatándoles piezas de artillería y haciéndoles numerosos prisioneros. Participó en la toma de la Plaza de Mazatlán, al lado del general Ramón F. Iturbe, en 1914. Alcanzó el grado de general de brigada el 1 de noviembre de 1915. Después, fue jefe de varias zonas militares. En 1919 pidió permiso a la Secretaría de Guerra para retirarse del ejército y aceptar la candidatura al Gobierno de Sinaloa”.

El texto más importante sobre la trayectoria de Carrasco, “en homenaje a sus méritos revolucionarios”, lo escribió Luis Zúñiga en 1941. Ahí se esmera por resaltar todos los elementos de la personalidad del General. Por principio de cuentas establece el vínculo con el promotor original de la revuelta maderista en Mazatlán: “Era el año de 1911, don Justo Tirado encabezaba la “bola” maderista de los campesinos mazatlecos que traían en jaque a los soldados del gobierno de don Porfirio. Juan Carrasco andaba levantado acompañando a su compadre don Justo”.

Más adelante describe la personalidad de Carrasco: “Juan tenía un soberbio tipo de guerrillero: buena estatura, piel quemada por el sol, cuerpo gallardo de rostro anguloso, labios delgados con bigote negro y largo, ojos oscuros, [vestía] camisas de algodón, sombrero de palma y huaraches o zapatos, según anduviera en el campo o de visita en la ciudad. Trabajaba en unas minas de cal y sembraba pequeñas porciones de tierras de la Comisaría de “El Potrero”. No sabía leer ni escribía. Recibió el título de General por voluntad de su compadre. Tenía valor de sobra y era bondadoso. Pronto su popularidad aventajó a la de su compadre”, dice Zúñiga.  Quien remata el prólogo de la primera edición de esa biografía señalando que el carisma de Juan hizo que rápidamente entre la población porteña la gente conociera la insurrección como la revolución de Carrasco. “la simpatía que por él se despertaba en los ranchos nos había arrastrado sin conocer personalmente al peleador por la Democracia”, rememora Zúñiga ateniéndose a sus recuerdos infantiles.

Por su parte, Martín Luis Guzmán, en el libro “El Águila y la serpiente” designa a Carrasco “el guerrillero sinaloense como tipo representativo de uno de los aspectos de la revolución”. Este intelectual revolucionario describe, a través de una anécdota, la personalidad del mazatleco: “Por aquellos días su nombre sonaba a menudo cerca de nosotros. Aparte sus acciones guerreras, no había quien no hablara en Culiacán de los entusiasmos prolongadísimos con que celebraba él los últimos triunfos revolucionarios, muy en particular la toma de la capital del estado por nuestras fuerzas. Cierta mañana lo vi pasear por las principales calles en entera concordancia con lo que de él se decía. Iba en carroza abierta, teniendo la carabina a la espalda, cruzada de cananas el pecho y acompañado de varios oficiales masculinos y uno femenino y notorio: la famosa Güera Carrasco. Detrás del coche, a la buena usanza sinaloense, una charanga hasta de cuatro o cinco músicos, se afanaban por seguir el paso de los caballos, sin dar por ello reposo a los instrumentos. Y lo más curioso era que los miembros de la murga, visiblemente rendidos por el doble ejercicio, mostraban menos fatiga que el sequito y el general. El contraste me impresionó y me hizo detenerme para mirar más a mis anchas el espectáculo y sus personajes. De estos, sin duda, el central era Carrasco. Con su esbeltísimo talle, con su cabeza diminuta y su rostro broncíneo, de facciones angulosas, su gran figura dominaba la escena. La Güera –se comprendía en seguida- se esforzaba a su vez por ocupar sitio y llamar la atención; pero en este punto Carrasco la traía hecha añicos. Él, pese al cansancio que parecía doblegarlo -y sin pretenderlo ni saberlo quizá-, acaparaba la mirada del público: todos se volvían a ver su cara partida en dos por la línea negra del mugriento barbiquejo y veladas a media por el ala oblicua del sombrero, puesto con garbo”.

Cuenta Zúñiga que Carrasco ya era conocido en el puerto, desde antes que se iniciaran las hostilidades revolucionarias porque acudía con frecuencia al puerto a realizar servicios para actividades de construcción y era asiduo de las fiestas ordinarias que se realizaban en la explanada del mercado y “otros sitios concurridos por elementos trabajadores”. También le atribuye a este personaje la costumbre de “acompañarse de dos o tres amigos [para] tomar cerveza en franca camaradería mientras llegaba la hora de retirarse al rancho”, con quienes conversaba abierta y ruidosamente; pláticas que le trajeron problemas con las autoridades, particularmente cuando se acercaba la hora señalada por Madero para iniciar el levantamiento armado y ya lo vigilaban. Por otro lado, afirma Zúñiga que “un buen día, Juan Carrasco recibió la visita de un amigo suyo: don Rafael Páez [quien] fue escogido por el Prefecto Juan B. Rojo para ofrecer [al de Puerta de Canoas] un puesto en el gobierno… el cargo de Comandante de un Cuerpo de Rurales”, que por supuesto rechazó. Tras esa respuesta, el acoso oficial se incrementó. “El Calero” aguantó hasta que todo estuvo listo. En febrero de 1911 Justo Tirado dio la voz de arranquen a sus huestes, tomaron La Palma Sola, enseguida fueron ocupando los pueblos de la región hasta llegar a La Noria, para finalmente asediar el puerto.

Para junio de aquél año, los insurrectos habían triunfado. Díaz había abandonado el país; Redo había sido defenestrado y conducido al exilio. Justo Tirado fue designado Prefecto del Distrito de Mazatlán. Juan Carrasco acató la orden de licenciamiento de las tropas irregulares que habían hecho la revolución maderista y se regresó a sus ocupaciones previas. Sin embargo, no todos los alzados por el maderismo reaccionaron igual, hubo quienes no quisieron volver atrás y ya con las armas en la mano se dedicaron a la delincuencia, como salteadores de caminos y atracando negocios en los pueblos. Oficialmente se establece que Tirado le pidió a Carrasco se integrara ahora al gobierno revolucionario y se hiciera cargo del cuerpo de rurales de Mazatlán. Luis Zúñiga señala que no fue así, sino que un día fue sorprendido en el camino al Potrero “por un grupo de unos veinte hombres en actitud amenazante, que iban mandados por un ex revolucionario conocido por “el general Guabinas”… [con quienes sostuvo] un nutrido tiroteo… Eso hizo que Carrasco armara un grupo de sus amigos… poniéndose a las órdenes del Gobierno, con el cual cooperó en la persecución de las gavillas… Fue allí donde comenzó Juan Carrasco a fungir como jefe de un grupo, ascendiendo hasta donde llegó gracias a su valentía y a su arrojo”.

En 1912, Justo Tirado hizo saber a Madero su inconformidad por la manera en que estaba operando José Rentería, como Gobernador del Estado. Amagan con adherirse a Zapata que se había mantenido en armas y proclamado su demanda de “Tierra y Libertad” desconfiando del gobierno maderista. Ante la falta de respuestas, Tirado se levanta en armas de nuevo. En un movimiento casi inesperado, el 26 de marzo de 1912, esos autoproclamados zapatistas toman el puerto y declaran su apoyo la rebelión encabezada por Juan Banderas en Culiacán. En esa acción Carrasco resulta herido y regresa al Potrero a reestablecerse.

La acción de Justo Tirado obliga a renunciar al Gobernador maderista José Rentería y provoca una crisis política local, que se expresa en cinco fallidas designaciones de gobernador provisional en esos días. Los zapatistas de Tirado se retiran del puerto, ante la superioridad del ejército federal que recupera el control de la ciudad el 16 de abril. Ese primer episodio local en el que las disputas políticas entre antiguos aliados revolucionarios se pretenden resolver mediante el uso de las armas, concluye hasta junio cuando el General José Delgado asume el cargo.

En repudio al asesinato de Madero y Pino Suárez y en contra de la usurpación de Huerta, Carrasco se pronuncia, por primera vez, personalmente (sin la intervención de su compadre Tirado). Dice Zúñiga que en cinco días reunió más de quinientos hombres armados y desarmados, “campesinos, obreros, músicos, artesanos [que] acudieron a ampararse al cobijo de la bandera de la revolución, tan luego se supo que Carrasco era el jefe del movimiento”. De nuevo, ahora los huertistas, intentaron ganarse al Calero, con sobornos, ofreciéndole el grado de Coronel de Rurales y la Jefatura de Armas de la región (desde San Ignacio hasta Escuinapa); otra vez, despreció el ofrecimiento. El flujo de voluntarios se incrementó en El Potrero, que se convirtió en el cuartel de la resistencia antigobiernista.

En esta etapa Carrasco sella una alianza que será prácticamente indisoluble directamente con Venustiano Carranza. Éste le otorga el grado de General. El recién ascendido contribuye a la causa haciendo vanguardia a la marcha de las huestes constitucionalistas, entrando sus hombres en acciones en el norte y centro de la entidad; y, respondiendo de inmediato a la comisión de levantar a las poblaciones del sur de Sinaloa. Finalmente se hace cargo de ponerle sitio al puerto, en tanto llegaban a Mazatlán, en esa campaña militar, las tropas de Iturbe y luego las de Obregón.

En la toma de Mazatlán en 1914, Carrasco y sus tropas fueron fundamentales para lograr el triunfo de los carrancistas. De ahí en adelante intervinieron en muchas de las batallas importantes en la lucha entre las facciones, siempre bajo la divisa constitucionalista. Eso no le evitó conflictos con sus propios compañeros, desde Ángel Flores que había estado bajo sus órdenes en los primeros tiempos del maderismo, hasta el propio Álvaro Obregón. Con Ángel Flores contendió, sin éxito, por el cargo de Gobernador de Sinaloa. Contra Obregón realizó sus últimas incursiones militares.

Después de haber permanecido leal a Carranza, ante el levantamiento promovido mediante el Plan de Agua Prieta encabezado por Obregón, la indignación por el asesinato de don Venustiano llevó a Carrasco a sumarse al levantamiento que el General Francisco Murguía inició en Saltillo, desconociendo a Obregón como Presidente. Para hacer público ese posicionamiento, Juan Carrasco publicó su propio Manifiesto, mismo que fue firmado el 24 de junio de 1922 en “La Hacienda El Potrero”. Retomó las armas e incursionó por su territorio conocido en el Sur de Sinaloa. Esta vez cayó muerto en combate cerca de un poblado llamado “El Guamuchilito, en los límites de Durango y Nayarit, el 8 de noviembre de 1922”.

“Fue una verdadera romería la que hubo en la estación del ferrocarril el día que su cadáver fue traído a este puerto. El cuerpo fue conducido en una camilla improvisada, envuelto en tosco petate. Vestía humildemente y calzaba huaraches”, concluye Luis Zúñiga la narración biográfica de Carrasco.

 
 
Texto a buscar:
Festival:
 
Ir..
 


Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán