Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán

13.01.2018 Cultura Mazatlán
Romanita de la Peña

Romanita de la Peña

Creadora del Orfanatorio de Mazatlán

 

En Mazatlán tenemos como prototipo de abnegación y dedicación a labores altruistas a Romana de la Peña de Careaga, quien ha pasado a nuestra historia con su nombre en diminutivo “Romanita”, como expresión simbólica del aprecio social que por sus dotes humanitarias se ganó a lo largo de su vida y que se prolonga en la historia. El busto que se ha erigido en su honor ocupa un sitio privilegiado en la Plazuela Machado. Casi desde que se instaló ahí se le ha tomado como referente para la celebración oficial de los festejos del diez de mayo; de alguna manera se le ha identificado como representación genérica de las madres mazatlecas, debido a que, su contribución en labores altruistas, fundamentalmente por la creación del Orfanatorio de Mazatlán, se considera como una expresión notable de los atributos asociados al ideal de la maternidad.

Romanita nació aquí en 1876, dentro de una familia acomodada. Fue una mujer típica de su tiempo y de su clase social, pero se distinguió por su participación en numerosas organizaciones de beneficencia pública. Mazatleca, al fin, también, se dio las libertades necesarias para intervenir lo mismo en actividades religiosas que en festejos carnavaleros. En éstos, particularmente, tuvo parte activa sobre todo en las ediciones de 1898 a 1900, por lo menos, en desfiles y bailes de máscaras. En algunas ocasiones fue invitada a formar parte del jurado para premiar carros alegóricos y disfraces de fantasía, luego de que los organizadores tuvieron la oportunidad de reconocer su talento para crear sus propios atuendos carnavaleros.

Sin embargo, su pasión pública fue la filantropía. Según escribió Francisco Ramírez Osuna, “desde muy joven se integró al comité de damas de la ciudad, entre las que estaban la señora Angelita Haas Inzunza, María Ferreira de Unger, Agustina Monterde (quien fundaría después el colegio Independencia), Hortensia y Lucrecia Herlinda Paredes, Carmelita Cleava de Herrasti, Dolores Moreno de Rico y Doña Antonia de la Peña de López Doriga”. Fue Presidenta de la asociación de San Vicente Paul, que financiaba la operación del hospitalito para indigentes que llevaba ese nombre. En la primera década del siglo XX, Romanita era la encargada de organizar las quermeses que se realizaban para obtener fondos a beneficio de alguna causa mazatleca o de apoyo a hermanos en desgracia en otros lugares del país.

Dicen que debido a las secuelas de la peste bubónica, Romanita empezó a plantear la necesidad de poner en funcionamiento un hospicio en el puerto; aseguran que desde antes de la revolución empezó su tarea de recolectar recursos para ello. La orfandad que propició el movimiento armado reafirmó su inquietud. Gracias a su empeño continuo, la simpatía por su causa creció con el paso de los años. Además,  consiguió el respaldo fundamental  del empresario de origen alemán Germán Evers para hacer realidad su idea. Evers le regaló en 1915, al Comité de Damas que ella presidía, el terreno para su obra pía; ellas se encargaron de conseguir financiamiento para edificarlo y ponerlo en operaciones mediante funciones de teatro, corridas de toros, quermeses y campañas de donación. La primera piedra la pusieron en 1921 y finalmente el 18 de diciembre de 1927 se inauguró el edificio donde, desde entonces, se localiza el Orfanatorio de Mazatlán.

Romanita de la Peña era maestra normalista de profesión y fue madre de ocho hijos y crió otros tres sobrinos como propios. En su calidad de profesora fue distinguida en tiempos de Vansconcelos en la Secretaría de Educación Pública, por haber prestado sus servicios de manera gratuita a la niñez mazatleca durante los tiempos de la revolución. Hasta su muerte, que ocurrió el 20 de febrero de 1958, Romanita dirigió el orfanatorio que soñó, logró crear y heredó a su comunidad natal.  

 
 
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