Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán

13.01.2018 Cultura Mazatlán
Don Ricardo Urquijo Beltrán

Don Ricardo Urquijo Beltrán

 

Enrique Vega Ayala

Cronista Oficial de Mazatlán

 

            En algún lado leí que la expresión “don de gentes” había caído en desuso. Tal vez por eso, porque ya casi no se usa el término, aunque se usará siempre para distinguir a quienes poseen ese preciado atributo, yo lo asocio a la personalidad del Ingeniero Ricardo Urquijo. “El Cayito” era alguien que en estos tiempos parecía un hombre de otros tiempos, de todos los tiempos, de cualquier tiempo; porque solamente todo un caballero a la vieja usanza, como él, se adapta con facilidad a las novedades del presente sin incomodarse y sin incomodar a nadie, por eso con naturalidad extraordinaria podría encarnar lo que antes y siempre se ha entendido como “don de gentes”. Todo en él era jovialidad, era amable, cordial, simpático, solidario, dicharachero, “educado”, sencillo, bondadoso, servicial, atento, discreto, respetuoso. Se puede decir que poseía el “don de gentes” pero, tal vez sea más preciso asegurar que él era el “don de gentes” maravillosamente personificado. Con mayúsculas, Don de gentes Ricardo Urquijo Beltrán ha sido en su fructífera existencia, para quienes nos preciamos de ser sus amigos. Así lo recordarán también quienes lo conocieron, en ello estarán de acuerdo quienes convivieron con él y, probablemente, así lo registrarán cuantos se lleguen a enterar, así sea apenas de algo, de lo mucho que fue capaz de construir, de forjar, de legar.

            Para su familia tuvo amor y entrega sin concesiones. Su linaje era su mayor orgullo; alejado de jactancias vacuas presumía sus raíces de apellidos y procedencias, poniendo énfasis en los esfuerzos desarrollados en la convivencia normal por sus antecesores como personas decentes. Por supuesto procuraba estar a la altura de esos antecedentes y se ocupó de formar a sus hijos con los valores y principios que le habían sido heredados.

Hacia la comunidad desplegó, además de ese su don, toda su capacidad de servicio, para ser útil a cabalidad. Es un mazatleco de prosapia por derecho propio, condición ganada no sólo por nacer aquí, sino por hacer aquí y hacer bien todo aquello que estuvo a su alcance. Su trabajo y dedicación parecía simplificar lo que sin duda eran arduas tareas. El ejemplo lo tenemos en la manera comedida con la que emprendió la reconstrucción y luego la consolidación del semillero cultural que recibió cuando lo designaron Director de Difusión Cultural. Le entregaron talleres formativos en diversas disciplinas artísticas y forjó con ellos escuelas de artes. Con visión generosa abrió espacios a muchos en el Centro Municipal de las Artes, para hacer crecer el ambiente cultural mazatleco. No era culto de pedantería, era cultivado de saberes y de habilidades prácticas, se puede decir que era proactivo si se le quisiera encajonar en un perfil psicológico de los de moda. Era audaz y creativo, muy congruente con sus valores, consecuente con su identidad personal y su pertenencia social comunitaria.

            El ingeniero Urquijo no requería de credenciales académicas para ejercer como humanista. Practicó el humanismo sin teorías hostigantes, con sabia intuición, como director de escuela equitativo y tolerante, que sólo buscaba garantizar la armonía institucional, para alcanzar el orden en el ejercicio de la libertad creativa. Siendo un hombre de fe, fue un liberal por convicción en el terreno de las ideas artísticas. Así lo demostró empeñándose para que los miembros del grupo Delfos se arraigaran; lo evidencian los programas del Festival Cultural de Mazatlán que creó para deleite de los sentidos de propios y extraños; en otro plano, lo ponen de manifiesto sus intentos por llevar la formación musical a las colonias populares y a las zonas rurales; y, también, porque no mencionarlo, es proclamado por los diferentes premios y reconocimientos a que se hizo acreedor gracias a esa encomiable labor.

            Su genética lo dotó de una memoria prodigiosa. Con sus recuerdos propios y las anécdotas ajenas que aprendió y que divulgaba de viva voz, sin caer en indiscreciones indebidas, pudo llenar muchos libros de historia mazatleca. No es arriesgado decir que cada sitio, cada rincón, cada hecho significativo, cada gente del Mazatlán de la segunda mitad del siglo XX (algunos de antes) y los de esta primera década del XXI tenían abierto un expediente de archivo en su memoria. Francisco Chiquete cuenta que un día, en un programa de radio le puso al ingeniero un reto singular: “Urquijo identificaría a todos los personajes de las calles mazatlecas, de cualquier época, que los radioescuchas le mencionara. En pocos minutos se recibieron dieciocho llamadas con las descripciones de pordioseros, loquitos o los pedigüeños más recordados de los años cuarenta para acá. Todos fueron identificados por el Cayito, quien no sólo dio el nombre, al menos el conocido de cada cual, sino la procedencia familiar de quienes la tuviesen en la localidad y las esquinas por donde hubiesen merodeado”. Yo soy fiel deudor de esa capacidad para recrear el pasado como si estuviese sucediendo y por siempre estaré agradecido con Ricardo por la parte de esas evocaciones que pudo compartirme. Y puedo asegurar que no sólo conocía a los menesterosos, muchos indigentes de origen mazatleco contemporáneos a él lo reconocían y se le acercaban con familiaridad y él atendía las charlas enrevesadas que le ofrecían con paciencia y afabilidad. De tan alta magnanimidad era su talante.

            “El Cayito” Urquijo fue un hombre bueno no sólo con sus semejantes, prueba de ello es que no ocupó pedigrí político ni banderías para erigirse como ecologista nato. Su amor por la naturaleza lo llevó a convertirse en cazador de imágenes con las que expresaba esa pasión y con las que intentaba inocular el amor hacia la naturaleza en los demás. Desde hace algunos años se dio a la tarea de ofrecernos su visión experta de la fauna y la flora sinaloense a partir de una óptica accesible, disfrutable, con la publicación dominical de una imagen captada por su lente, acompañada de un breve relato plagado de anécdotas rancheras y urbanas, su imaginación entrañable desencadenada por la impresión de una imagen; y, desde hace algunos años nos ofrecía un calendario con una selección de sus fotografías naturalistas y una escueta expresión técnica de lo plasmado en cada una de ellas. Su osadía de recetarnos una zarzuela de trinos y graznidos para presentarnos el calendario del 2011 lo retrata de cuerpo entero en esta faceta singular. Tuvo allí un gesto de señorío inigualable, puso al alcance de los legos las distintas tonalidades de los sonidos de cada una de las aves que nos acompañan en el paisaje de nuestras vidas, como queriendo despertar en sus escuchas algún interés por esas otras vidas que ignoramos olímpicamente y que él tan vividamente defendía de una manera sutil, pero decidida.

            Sin querer, nos ha dejado ese calendario como pretexto para recordarlo día con día durante esos doce meses. Sin embargo, yo que puedo presumir que fue mi amigo, pero no dejo de reconocer que siendo un extraordinario honor haberlo sido, fui apenas uno de los muchísimos que pueden decir lo mismo; entonces, como uno más de sus amigos, con la seguridad de que mis palabras representan el sentir de tantos, de todos quienes lo conocieron, no creo equivocarme al decir que Don Ricardo Urquijo Beltrán, por haber sido el hombre de bien que fue, es uno de esos hombres que cuando se van hacen falta siempre en su comunidad, de esos cuya presencia se extraña y se añora más allá de las fechas del calendario.

 
 
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