Instituto de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán

13.01.2018 Cultura Mazatlán
Miguel García Franco

Miguel García Franco

Primer Obispo de la Diócesis de Mazatlán

 

Nació el 16 de marzo de 1909 en el pequeño poblado de El Rincón, municipio de Tepehuanes, Durango, las anécdotas familiares señalan que desde pequeño mostró vocación religiosa. Apenas terminó la primaria, cursada en la escuela de Tepehuanes, ingresó al Seminario de Durango, a la edad de doce años. Ahí estudió las humanidades, que completó con cursos en el seminario de San Luis Potosí. Por haber destacado en sus estudios la jerarquía de la iglesia duranguense resolvió impulsarlo en su preparación, y lo envió a Roma, para completar sus estudios de filosofía. Allá estuvo en el Colegio  Pío Latinoamericano y se inscribió también en la Universidad Gregoriana para cursar sus estudios de teología, donde obtuvo el doctorado correspondiente.

En una biografía inédita del prelado, escrita por Francisco Chiquete, cuenta lo anterior y señala que tras la estancia en Roma, García Franco “volvió a su estado y a su seminario para hacer una intensa tarea al frente de los cargos que se le asignaron”. Efectivamente, ahí llegó a ser Director del Seminario de Durango. Ostentaba dicho cargo cuando el Papa Juan XXIII, el 22 de noviembre de 1958, a través de la bula “Qui Hominum” creo la Diócesis de Mazatlán, cuya demarcación original abarcaba Tamazula, San Andrés de la Sierra, Los Remedios, Topia, Canelas, Otáez, y San Dimas, municipios del Estado de Durango; y Elota, Cosalá, San Ignacio, Concordia, Mazatlán, Rosario y Escuinapa en el territorio de Sinaloa; y para dirigirla designó al Dr. Miguel García Franco como su primer Obispo.

La tarde del 21 de febrero de 1959 llegó a Mazatlán el primer Obispo. La población hizo vallas desde el antiguo aeropuerto (ubicado donde hoy están los planteles de la UAS) hasta el Templo de la Inmaculada Concepción, que en la bula papal había sido elevada a la categoría de Iglesia Catedral. Una multitud que se reunió por las calles de la ciudad para recibir al primer obispo de la Diócesis. La prensa calculó que alrededor de 35 mil personas saludaron al nuevo obispo durante su recorrido desde el aeropuerto a la Catedral. “A lo largo de la carretera internacional y colocadas en ambas orillas miles de personas aclamaron al representante del Sumo Pontífice y a Monseñor Miguel García Franco, que no se daban descanso bendiciendo y contestando sus saludos”. “El entusiasmo se convirtió en delirio al pasar la comitiva debajo del arco instalado al final de la calle Juan Carrasco, que tenía dos leyendas Bienvenido a este puerto Señor Representante del Sumo Pontífice y Mazatlán recibe con cariño a su primer Obispo. Entonces los vivas al Papa, a la Iglesia y a los dos dignatarios fueron más frecuentes y sonoros. Rompiendo la valla que por los dos lados cubría el convertible, los hombres y las mujeres del pueblo se acercaban a su obispo y al enviado de su Santidad para pedirles su bendición”. Así describe El Sol del Pacífico la recepción aquella.

El Dr. Miguel García Franco fue consagrado Obispo el 22 de Febrero de 1959, en presencia de Monseñor Luigi Raymondi Delegado Apostólico de la Santa Sede en México. El entonces, recientemente designado Cardenal (el primer mexicano en alcanzar ese grado) Don José Garibi Rivera fungió como testigo de aquella ceremonia; lo mismo que los obispos de Sinaloa, de Zacatecas y el Arzobispo de Puebla, entre otras personalidades.

Las labores de la naciente Diócesis se iniciaron con 29 sacerdotes Diocesanos y 7 Sacerdotes religiosos Xaverianos. De inmediato el Obispo de Mazatlán se ocupó de crear el Seminario Conciliar de los Sagrados Corazones de Jesús y María, cuya inauguración celebró dos meses después, el 25 de abril de 1959. La tarea de erigir el seminario fue uno de los primeros afanes de García Franco como Obispo. Cuenta Chiquete  “Dos meses después de su llegada, el 25 de abril, el seminario diocesano de Mazatlán era inaugurado por la vieja calle Niños Héroes. Como es frecuente en la vida religiosa, las señoras respondieron con mayor prontitud al llamado del obispo. Doña Hortencia Paredes Gaxiola prestó una finca, y fueron varias señoras las que se dieron a la tarea de conseguir la comida para los seminaristas (a veces muy magros platillos, apenas frijoles y arroz, según consignan en su investigación Jesús Gómez Luna Parra, Juan Antonio Osuna y Horacio Ravelo). Hábil en su desempeño el obispo se hizo rápidamente  de las relaciones, la influencia y los recursos económicos para darle a sus proyectos la magnitud a que aspiraba. Se cuenta en la investigación antes citada, que el representante de los camioneros, Bartolo González, ofreció al obispo en regalo, un terreno ubicado por la Tepozana, pero la respuesta fue negativa porque no era la ubicación que el prelado consideraba más adecuada a causa de su lejanía. En cambio, se mostró complacido con los terrenos del Rancho San Rafael, que Ramón Osuna ofreció en venta por la friolera de cien mil pesos (de los de 1960, en cuyos meses de agosto y septiembre se concretó la operación y se erigieron las primeras instalaciones)”.

También organizó el trabajo con los grupos sociales, a partir de la asesoría de las cuatro ramas de la acción católica, al establecer los Cursillos de Cristiandad, la Legión de María, Adoración Nocturna, Movimiento Familiar Cristiano, Los Caballeros de Colón, Jornadas de Vida Cristiana, Orden Tercera de Carmelitas, Círculos Bíblicos. Igualmente, impulsó localmente una campaña pública para fortalecer el sentimiento católico, promoviendo que en los hogares se coloquen carteles con la leyenda "Este hogar es católico. Rechazamos toda propaganda protestante” en las puertas de acceso, frente a los embates de las sectas que a través de visitas domiciliarias buscaban expandir el número de sus adeptos.

Se construyó la Casa Episcopal en el barrio del cerro de la Nevería chico, una de las zonas más pobres de la ciudad en aquellos tiempos y ahí fijó su residencia el primer Obispo de la Diócesis; después de haberse hospedado temporalmente en el primer edificio donde funcionó la Cruz Roja en el puerto, de donde se trasladó a la que fuera residencia del doctor Olavo Corona, fundador de aquella institución y del Cuerpo de Bomberos de la ciudad.

Otra de las acciones sociales desarrolladas por el primer Obispo de Mazatlán fue la de promover que las familias católicas con capacidad económica para sufragar los gastos de educación privada para sus hijos, seleccionaran instituciones respaldadas por congregaciones religiosas católicas y rechazaran aquellas en las que se impartían prédicas en otras creencias.

Como Obispo, García Franco aprovechó las posibilidades que ofrecían los medios de comunicación para llegar hasta el último rincón de su Diócesis. Así se volvió toda una tradición escuchar su palabra a través de la radio especialmente el rezo del ángelus al mediodía. Su influencia y presencia consiguió que la inauguración del canal local de Televisión se realizara con la  transmisión en vivo de una misa desde Catedral, superando a los actos políticos y eventos deportivos que solían ser más usuales para esos fines.

El obispo rompió cánones políticos de su tiempo, invitado por el Presidente Municipal asistió a la ceremonia del Grito de Independencia, sentando un precedente que escandalizó a la clase política local. Pero, si en ese plano hubo acercamiento; por otro lado, a través de sermones y declaraciones, más tarde, enfrentó la reforma educativa en tiempos del presidente de la república Luis Echeverría, particularmente en el capítulo referente a la incorporación de la educación sexual en los contenidos de la educación básica.

Para 1974 el crecimiento de la presencia de la Iglesia era palpable en el puerto, como lo hizo notar el Delegado Apostólico Don Mario Pío Gaspari al celebrar el décimo quinto aniversario de la creación de la Diócesis.

En la biografía de García Franco, Chiquete incluye un dato curioso: “Nunca se vio al obispo sin su alba sotana ni su pesado anillo. Recto, sin acusar el peso ni el paso de los años, cruzaba el espacio catedralicio con ojos avizores, supervisándolo todo. Un dato curioso es que a pesar de su carácter conservador, nunca anduvo en coches de pretensión clasista, aunque tampoco era modesto en eso. Cada vez que lo cambiaba, era el suyo el primer Máverick en llegar a la ciudad. Blanco, por supuesto, con un bello rosario colgando del espejo retrovisor. Un carro deportivo que llamaba la atención al pasar por las calles mazatlecas. Algunos juniors o jóvenes empresarios lo preferían también, aunque en otro color. El blanco era para el obispo”.

Veintidós años después de la entronización del Obispo García Franco, la ciudad y la Diócesis habían cambiado; pero, la muerte del obispo se resintió casi con la misma fuerza con que se recibió su llegada la primera vez. Así narra Chiquete el acontecimiento: “El ocho de marzo de 1981, en Houston Texas, Miguel García Franco falleció en el hospital donde infructuosamente intentaron controlar los males cardiacos que lo postraron por una larga temporada. Una sucesión múltiple de infartos acabó con su vida a los 72 años de edad. La noticia fue divulgada de manera oral. En poco rato, sin intervención de los medios, todo Mazatlán sabía que el obispo había muerto. El gobierno del estado, coincidentemente a cargo de Antonio Toledo Corro, intentó enviar un avión para repatriar los restos, pero lo impidieron algunos trámites político-burocráticos de Estados Unidos. El once de marzo fue traído en vuelo comercial y otra vez la gente se volcó a las calles para verlo pasar, o para participar en las honras fúnebres, que se dieron en la catedral el día 12 de marzo. Ahí mismo fue enterrado, a los pies del altar dedicado a la Virgen de Guadalupe, tras una placa cuyo texto dispuesto por él mismo, reza: ‘Aquí, el cuerpo de Miguel yace, en espera de la resurrección’”.

 
 
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